lunes, 12 de junio de 2017

El feminismo de "Wonder Woman" y la perversión de los adultos

Vaya por delante lo difícil que es escribir constructivamente sobre feminismo sin que se malinterprete. Cada palabra esconde mil trampas, recovecos y dobles sentidos que podrían provocar que, si no estás atento, puedas ser pasto de la ira social.

Pero tengo que hacerlo. Y más, porque he visto "Wonder Woman", le película de moda, y no dejo de leer artículos que exaltan el trasfondo feminista del filme de Patty Jenkins, representados, en mi opinión, por este. Vaya igualmente por delante que su autor, Juan Sanguino, me parece que escribe requetebién y tiene un enfoque muy documentado y certero en prácticamente todos sus artículos que he leído (que, por cierto, son bastantes... ya casi me considero lector habitual suyo). Por otro lado, obviamente yo no soy Vanity Fair, ni tengo el alcance de sus publicaciones, pero hoy quiero ser David contra Goliat en el análisis feminista de "Wonder Woman". ¡Vamos allá!


Al grano. Creo que hay una concepción equivocada del feminismo en esta película. La protagonista, la Princesa Diana de Temiscira, entra en contacto con la civilización moderna de principios del siglo XX y es rebautizada como Diana Prince para poder amoldarse y pasar desapercibida. En varias conversaciones con Steve Trevor, conoce lo absurdo que hay en algunos convencionalismos sociales (aplicables a la actualidad) como por ejemplo el matrimonio, el (para ella, prescindible) rol masculino para proporcionar placer sexual a las mujeres, o la constrictora moda femenina de la época.

Esto es un buen punto de partida, pero el alegato se tuerce por un pequeño detalle: Diana es presentada como feminista por exponerse a un mundo bizarro y desconocido donde las reglas son antinaturales, no porque ella haya hecho un ejercicio de concienciación y haya decidido enarbolar la lucha. Más bien, se muestra a Diana Prince como una mujer ingenua, que observa (y aprende) con estupor las normas del mundo exterior a Temiscira.

Hasta ahí, este feminismo podría ser perfectamente válido, pero el auténtico problema llega después, cuando Steve le convence de que era imposible persuadir al comité de hombres que deciden las directrices de la guerra. Entonces, Diana elige buscar a Ares en la zona más cruenta de la Gran Guerra. Está convencida de que haciendo las cosas a su manera puede luchar contra los males del mundo. ¿Y cuál es esa manera? Enfrentándose a los alemanes en el frente de batalla.


En el momento en que Diana sale de la trinchera, con andares de top model, la película se vende al concepto de feminismo como "mujer soltando mamporros". Steve Trevor y su equipo de mercenarios son unos peleles a los que Diana tiene que proteger. Eso sí, el protagonista masculino se llama "Steve", como el Capitán América y su escudo maravilloso, para que nuestro subconsciente no nos haga pensar que es un héroe de pacotilla. Gol fantasma de DC a Marvel.

Entender el feminismo como "inversión de roles" es la primera gran trampa de esta película y de tantas otras que han intentado conquistar este territorio, como las sagas "Underworld" o "Resident Evil". Lo que empieza en "Wonder Woman" como un camino revolucionario de denuncia de las convenciones sociales falocráticas se convierte en un espectáculo de pirotecnia donde, para justificar que Diana tenía razón, nos materializan a Ares y la película se convierte en un videojuego con pelea contra el monstruo final incluida. ¿No hubiera sido mejor que Ares quedara como un concepto, algo que la cultura rap ha reflejado con mucho acierto?

Y, por si fuera poco, también hay romance, que es algo que hay que poner en una peli para mujeres, porque a las mujeres les gusta mucho el romance (por favor, entiéndaseme) e incluso (por favor, entiéndaseme) también hay placer carnal entre Diana y Steve (sugerido en el plano de la ventana del hotelito tras su beso), insinuando que por muchos volúmenes que te hayas leído sobre los placeres de la carne, no hay nada mejor que retozar con tu churri.


El hecho de que la artífice de la película, Patty Jenkins, sea mujer, no garantiza ni mucho menos que "Wonder Woman" sea feminista. Ignoro qué lobbies o qué manos han modelado el proyecto en estos 12 años (tengo mis sospechas), y, por darle el beneficio de la duda a Jenkins, me encantaría conocer cómo fue el primer borrador del guion.

La otra gran trampa somos nosotros en el mundo real. Creemos que La Mujer Maravilla es un modelo para muchas niñas porque somos nosotros, como individuos adultos, padres, o educadores, los que aplicamos ese rol de "mujer fuerte" en esos modelos. Creemos que una niña crecerá más fuerte si se identifica con una heroína peleona como Diana. Y no. Se nos olvida que una niña, o un niño, interpreta esos valores en el juego, y no le importa si su heroína favorita es blanca, negra, rubia, morena. Los niños no ven lo que nosotros vemos, y los adultos pervertimos los símbolos decidiendo qué es apto y qué no lo es para cada niño.

Somos nosotros los que regalamos a las niñas kits de maquillajes, vestiditos, pulseras, pendientes y muñecas. Somos nosotros los que regalamos a los niños balones, cochecitos, bloques de construcción y espadas de plástico. "¡Qué niña más guapa!" o "¡pareces una princesa!" son el primer paso para que una niña busque validar constantemente la admiración de los adultos en todo lo que hace. Si los adultos le adulan al ponerle una falda, ella elegirá esa prenda (si es que puede elegir) cada vez que tenga ocasión. Con los niños sucede igual: "tú eres mi campeón, ven con papá a jugar a la pelota, que algún día serás un gran futbolista". Lo único que hace "Wonder Woman" es expiar nuestra culpabilidad inconsciente, porque sabemos que somos parte del problema de la errónea educación de los niños, cuajada en nuestras frustraciones y fracasos como adultos, pero queda muy bien inundar la web de artículos exaltando la influencia feminista de "Wonder Woman" en las niñas.


No concuerdo con ese feminismo de mujeres blandiendo armas cuando surge como una respuesta al saturado cine de acción protagonizado por héroes masculinos, como en los ejemplos antes mencionados. En la misma línea conceptual de "Wonder Woman" (la de demostrar que los hombres están equivocados con su forma de gobernar el mundo) prefiero el feminismo de "La Llegada (Arrival)", un alegato por la paz mundial alcanzable solo mediante un canal de diálogo y entendimiento, y que solo una mujer logra abrir.

Vaya por detrás que tengo muy claro lo que es el feminismo, que no es la oposición al machismo, ni es conceder a las mujeres más derechos que a los hombres, sino la lucha social por un mundo igualitario, donde hombres y mujeres se vean beneficiados por leyes de conciliación laboral, de igualdad salarial, de respuesta efectiva a la impunidad contra el acoso y los feminicidios... "Wonder Woman", bajo su negra capa de feminismo, siembra el terreno de minas antipersonas (un término que me sirve como carambola para apelar a los que dicen que "no son pro-hombres ni pro-mujeres, sino pro-personas", otra trampa más del lenguaje) para perpetuar el problema de la desigualdad entre hombres y mujeres.

Hay muchos temas en torno a la película que darían para multitud de artículos. Por ejemplo, el sexualmente ambiguo personaje que interpreta Elena Anaya (¡qué personaje y actriz tan desaprovechados!), o algunos efectos visuales realmente cutres (esa parte de la pelea en el pueblo que recuerda a esto), o el descarado mensaje belicista y propagandista de la película (enmascarado de pacifismo), o el apoyo de la actriz Gal Gadot al ejército israelí para arrasar Gaza (siempre, por supuesto, con la convicción de que están liberándoles de los malvados terroristas -entiéndaseme- de Hamás). ¿Es casualidad que se enfrente a los alemanes, una suerte de nazis en la Primera Guerra Mundial?

Cuando juntas trozos de información y miras el contexto de un producto de ocio masivo como "Wonder Woman", uno se da cuenta de que esta película hace un flaco favor al feminismo y a la lucha por la paz. Es mejor disfrutarla como un entretenimiento épico y frívolo más y quitarle ese halo de película-acontecimiento "bigger than life" que muchos quieren darle.


Imágenes propiedad de Warner Bros. Pictures.

domingo, 9 de abril de 2017

Balance 2016

En 2012 comenzó la tradición de marcar en un calendario qué tal había sido cada día de mi vida, según una terna de colores (para días buenos, malos y nefastos). Seguí haciéndolo en 2013, en 2014 y en 2015, y en 2016 lo volví a hacer, y elegí así los colores:
  • Verde: para los días buenos (o los normales).
  • Gris: para los días malos.
  • Negro: para los días muy malos, casi dramáticos.


Las estadísticas quedan así:

  • De los 366 días del año (el segundo bisiesto desde que hago este análisis), 64 han sido malos y 302 han sido buenos, es decir, ha habido un 17,5% de días malos, una media de 5'3 días malos al mes. Las cifras se parecen mucho al año anterior (65), y al otro (62), y al otro (66). ¿Será que hay cierta estabilidad en mi vida, que ya las cifras comienzan a asemejarse?
  • El periodo más largo de días buenos ininterrumpidos fue del 1 de enero al 1 de febrero, que contando los seis días anteriores de diciembre de 2015, hacen un total de 37 días, sin duda mi récord de días buenos consecutivos. ¡A superarlo!
  • Los meses con más días malos han sido junio (con 9) y marzo y julio (con 8). Los veranos, aparentemente, no se me dan bien.
  • Los días de la semana con más días malos han sido los lunes y jueves, con 11 días. ¿Tendrá que ver con mi etapa de currante durante varios meses?

Resumen del año 2016

Un año diferente, con una etapa laboral interesante en México, y estable en lo que se refiere a las emociones de todo tipo. Supongo que ha sido un año de preparar el terreno para otras cosas en este 2017 en que publico esto, ya en abril. Empieza a verse algún fruto, pero, sinceramente, aún no lo considero suficiente. Quiero más.

sábado, 30 de julio de 2016

Desinteligencia colectiva

Hay balas que se disparan con las teclas. No matan físicamente, pero dejan regueros de inteligencia desparramada por el suelo, coágulos de lo que algún día podrían haber sido una mente maravillosa. Gatillos a diez dedos, que, como ráfagas de imbecilidad, dejan víctimas sin distinguir entre hombres, mujeres, niños o ancianos desde los monitores de medio mundo. Bienvenidos a la era de la estupidez.


Pienso en las plataformas de autoedición de libros. ¡Qué buena idea, no? ¡Una plataforma donde tú mismo te puedes publicar lo que quieras, sin pasar por el trámite de que un editor lea tu borrador y pueda rechazártelo! Además... qué osadía, rechazar MI borrador, escrito desde el corazón, tal y como me salían las palabras. ¡Merece estar en todas las librerías!

Pero es que olvidas una cosa: y es que la labor del editor, un profesional de la publicación, está precisamente para filtrar la mierda que nunca debería llegar a las librerías. Has creído que porque puedes, estás obligado a dar a conocer tu libro a todo el mundo. Y has construido tu talento sobre humo. Humo digital.

Es igual que en Facebook y Twitter. Uno puede publicar cualquier cosa, incluso citar a cualquier persona, famosa o anónima, para hacerle llegar su valiosísimo comentario, crítica, adulación o, directamente, mierda. "Tuiteo porque puedo. Mi muro es mío y publico lo que me da la gana". Es el peligro de confundir libertad de expresión con libertinaje expresal, un concepto acuñado por el filósofo y poeta urbano Frank T. Pensamos que nuestra opinión es valiosa solo por el mero hecho de poder expresarla. Y así no. Si no filtramos nuestras opiniones por el sentido común, por un mínimo de criterio, es como si escupiéramos al monitor.

Efectivamente, internet se ha convertido en una herramienta para difundir imbecilidad. Nos basta que algo esté en Google (si es que nos molestamos en buscar) para darlo por hecho. "Te dije que se encontró un alienígena en Siberia. Mira, aquí lo busco en Google. ¿Ves? Aquí está: un alienígena en siberia. Mira las fotos. ¿Te convences ahora?" Y si alguien se tomase la molestia de tratar de verificar un hecho, posiblemente acabaría en un callejón sin salida, donde el origen de esa fuente se repite en un bucle de copy-paste mortal que aparece en varios sitios simultáneamente. ¿Quién fue primero, la mentira o el memo?


Decía Tommy Lee Jones en "Men in Black": "El individuo es listo, pero la masa es idiota, [...]". Era una de mis frases-bandera, que plantaba en todas las conversaiones y que me hacía confiar en el criterio de las personas. Pero claro, esa película es de 1997, y después de todo este tiempo ya ni siquiera creo que el individuo sea listo. El individuo ya no tiene criterio, ni la mínima curiosidad por corroborar un dato que ha leído y que está a punto de compartir en su muro. Para el individuo-masa, la verdad o el rigor ya no tienen valor. Es más valioso el trofeo de "cuantos más likes mejor" o darse a su público, sus amigos que jalean como monos con platillos a los que les han dado cuerda.

Sabemos leer, aunque solo nos quedamos con la primera frase (no vaya a ser que tanta letra negra nos empañe los ojos), y no analizamos, no entendemos lo que leemos. Nos basta que esté en internet, o que lo haya compartido un amigo para creerlo. Y más, si viene acompañado de una foto bonita, una cita célebre asociada, o un origen místico, imposible de comprobar. Todo conduce al ego de otra persona, a la que regalamos nuestra energía, y apuntalamos sus sueños con nuestra estupidez mientras está vendiendo libros en su sillón, probablemente sin ni siquiera pasar por una plataforma de autoedición, porque no lo necesita. Nosotros, nuestros likes, nuestros shares, nuestros suscribes, somos esos editores que validamos su borrador como monos con platillos. Es el nuevo humo digital, la imbecilidad del siglo XXI.

lunes, 4 de julio de 2016

441 muertos en un ataque terrorista en la universidad de Kenia

Personas que os tragáis todo lo que os dicen, esta entrada no os va a interesar. El título de la misma hace referencia al ataque terrorista que hubo en la universidad de Kenia el pasado año. Tal vez os suene que fueron 147 fallecidos. ¿Por qué pongo que son 441, entonces?

441 es el resultado de multiplicar 147 x 3. Tres son las veces que he visto enlazada esta noticia en los muros de muchos contactos después de que haya habido un atentado en algún país "del primer mundo", "occidental" o como quieran llamarlo.


El proceso fue el mismo: sucede un atentado en París, Bruselas u Orlando, y siempre hay quien rescata la fatídica noticia de Kenia como si fuera de actualidad. El comentario de la publicación solía ser algo del tipo: "Ayer hubo un atentado de ISIS en Kenia y no veo que nadie lo enlace en sus muros"

Claro, nadie lo enlazaba porque, entre otras cosas, esa noticia no era de actualidad, y las redes sociales se basan en la última hora. Sin embargo, esos contactos de Facebook que enlazaban esa noticia, cual portadores de la espada de luz de la sensibilidad universal, pretendían hacernos ver al resto de nosotros lo insensibles que éramos porque no nos acordábamos de Kenia en esos momentos tan duros para París, Bruselas u Orlando. ¿Acaso Kenia no era, no es, merecedora de nuestra atención y nuestros likes?

Pero es que, repito, la noticia de Kenia era de meses atrás. Sin embargo, a ellos no le importaba. Generalmente la compartían de alguien que lo enlazó previamente, cual "paciente cero" de la estupidez, que se contagiaba entre los que no se molestaban en corroborar un simple dato al ponerlo en su muro. Cada vez que lo compartían, era como si el trágico atentado tuviese lugar de nuevo. 147 + 147 + 147... ¿Tanto cuesta comprender que tenemos la responsabilidad de ser rigurosos con las cosas que compartimos en nuestro muro? Ahora que lo pienso, sería muy irónico que alguien compartiera esta entrada con afán tremendista y solo se quedara en el título. Hola, ¿estás ahí? ¡Gracias por tu share!

La segunda reflexión que me suscitaba cada una de las tres veces que alguien enlazaba la triste y condenable noticia de Kenia era lo de la jerarquía de los muertos. Lo de que algunos muertos valen más que otros. Verne intentó explicarlo con su corrección política, pero sucede que yo no soy Verne, y esta es mi visión del tema.

Nos afectan más los muertos que hay cerca de nosotros que aquellos que están en una tierra recóndita y que, todo sea dicho, los medios constantemente categorizan como "zonas jodidas": África, Asia, Sudamérica, etc. Si yo soy de Oviedo, me afectará más un accidente de autobús en Avilés que un accidente de avión en el océano Índico.

Ahora viene la parte más metafísica del tema. Nos afectan más los muertos cercanos que los lejanos porque inconscientemente buscamos un vínculo con las víctimas para hacer prevalecer nuestra vida. La identificación con un cadáver implica la superación de la muerte, una característica clave del instinto de supervivencia. ¿No habéis notado cuando un anciano o anciana comenta que tal o cual amigo suyo de infancia falleció recientemente, hay un leve matiz de victoria? Victoria sobre la muerte, que es lo único que le importa a la vida.

No me creo esa solidaridad que esgrime la gente que recupera una noticia antigua como si fuera de actualidad (esto ya dice mucho de su criterio) y que nos acusan de insensibles por no ponernos banderitas en nuestra imagen de perfil o firmar con un "Je suis". Es falsa, hipócrita e ignorante. Al fin y al cabo, esa gente hará lo mismo que hacemos los demás con nuestro "activismo de Facebook": dejar el móvil al rato y buscar algo en la nevera.

Por cierto, los autores del atentado de Kenia fueron Al Shabbaab, no ISIS. Y fueron 152, no 147 los fallecidos.

 

domingo, 6 de marzo de 2016

Balance 2015

Ya llevo varios años haciendo balance del año marcando los días buenos, malos y muy malos uno a uno. Lo hice en 2012, en 2013, en 2014 y ahora en 2015, eligiendo así los colores:

  • Rosa: para los días buenos (o los normales).
  • Marrón: para los días malos.
  • Gris: para los días muy malos, casi dramáticos.


¿Qué ven mis ojos? ¡Sí, ahí, a mitad de julio! ¡Dos días muy malos, por primera vez desde que hago este balance! Pues sí, un par de días dramáticos que me tocó vivir, en una experiencia que por poco trunca mis sueños. Afortunadamente, pude salir de aquella a base de trabajo, disciplina, paciencia y apoyo de mi familia y amigos. Si no lo hubiera conseguido, no sé si hubiera podido levantar cabeza.

Vayamos a las estadísticas:
  • De los 365 días del año, 65 han sido malos, 2 muy malos y 298 han sido buenos, es decir, ha habido un 18% de días malos y muy malos, una media de 5'58 días malos al mes.
  • El periodo más largo de días buenos ininterrumpidos fue del 12 al 5 de noviembre, es decir 25 días. Y de no ser por el día malo previo a la cuenta (11 de octubre), hubieran sido 39 días buenos seguidos. Hubiera sido un récord casi imbatible.
  • Los meses con más días malos han sido julio y agosto, con 10 días cada uno, un tercio del mes. Y julio, que tiene los dos días muy malos, lo que hacen que, oficialmente, el verano fuera una mierda.
  • Los días de la semana con más días malos han sido los domingos, con 12 días. Le sigue el viernes con 11 días y uno de los dos días pésimos. No se me dan bien los fines de semana.

Entonces, ¿cómo ha sido el año 2015?

Muy extremo: muy bueno y muy malo. Hay grandes periodos de días buenos y esos dos malditos días malos que dieron pie a un limbo de mierda que duró casi tres meses. ¿Que hay cosas peores en la vida que aquello? Claro que sí. Pero aquella experiencia me enseñó muchas cosas que espero que me ayuden a encarar los próximos días pésimos que vendrán. Porque vendrán, sin duda alguna. La vida nos da momentos, sueños y personas que poco a poco van desapareciendo conforme nos hacemos mayores.

Viendo mi 2015, y lo que llevamos de 2016, creo que la vida es como una apuesta que alguien hace para ver si eres capaz de resistir lo que se te viene encima. Cuanto más mayores nos hacemos, más nos adentramos todos en el bosque de las enfermedades, las complicaciones burocráticas, las responsabilidades inútiles y las pérdidas.

Pero siempre se puede tener esperanza. Yo también la tuve y acabé mi año casándome con la mujer que me ha querido y apoyado desde hace tanto tiempo, incluso cuando no estaba. A ella le debo poder estar escribiendo estas líneas aquí, ahora.

jueves, 8 de enero de 2015

Haz balance del tiempo. Hazlo

Un año más, tras hacer balance de 2012 y 2013, vuelvo a contar qué tal ha sido mi año de una forma visual: coloreando día a día la sensación que me dejaba cada jornada al acostarme. Este año 2014 el código ha sido:

  • Verde: para los días buenos (o los normales).
  • Violeta: para los días malos.
  • Gris: para los días muy malos, casi dramáticos.

Este ha sido mi año 2014:

Las conclusiones que saco son:

  • De nuevo, no ha habido días grises. Los ha habido en mi entorno, pero me he acogido al "Virgensica, virgensica, que me quede como esté" para no ser yo el que los tuviera.
  • De los 365 días del año, 62 han sido malos y 303 han sido buenos, es decir, ha habido un 17% de días malos, una media de 5 días malos al mes.
  • El periodo más largo de días buenos ininterrumpidos fue del 1 al 18 de julio, es decir 18 días.
  • El mes con más días malos ha sido agosto, con 9 días, casi un tercio del mes. Comparado con julio y septiembre (los meses con menos días malos), parece que el verano es una montaña rusa.
  • Los días de la semana con más días malos han sido los lunes y los domingos, con 11 días cada uno. Este dato es llamativo porque yo no soy de los que odian los lunes, ni mucho menos. Me gusta empezar la semana, aprovechar el tiempo y hacer cosas desde bien temprano.

¿Cómo ha sido 2014, comparado con 2012 y 2013?

  • Cada año parece haber menos días malos (70 en 2012, 66 en 2013 y 62 en 2014), pero la cantidad de días malos no juzga un buen año. Por ejemplo, si los 62 días malos de 2014 hubieran estado condensados en todo julio y agosto, probablemente afirmaría que 2014 ha sido un año de mierda, por muy bien que hubiera acabado en diciembre.
  • Los viernes suelen ser días muy buenos. Y es raro, porque yo no soy de los que alaban los viernes, ni mucho menos. ;)

En conclusión, 2014 ha sido un buen año, y a día de hoy, lo veo como un año en que he sembrado semillas de árboles muy importantes que espero que este 2015 den sus frutos. He realizado proyectos muy diferentes a lo que hacía antes, y espero que sean la rampa de lanzamiento para vivir de aquello que me apasiona. ¡2015, no me falles!

viernes, 12 de diciembre de 2014

Nacido (y asesinado) en Gaza

Llevo casi tres meses con varios enlaces abiertos en mi explorador, tratando de dar palabras a mi opinión sobre algo que no solo no termina sino que cada cierto tiempo se recrudece más y más: el genocidio en Gaza. Ya no parece ocupar titulares, pero me niego a que caiga en el olvido porque allí sigue muriendo gente.


Ya de entrada, podría haber utilizado eufemismos como "el conflicto", "el problema" o "la crisis". Pero no hay otra forma de llamarlo más que genocidio. Así sencillito es de explicar: Israel masacra a Gaza amparándose en el derecho a "defenderse". No faltan argumentos pro-genocidas que se remontan a miles de años, incluso recurriendo a un dios como agente inmobiliario.

Recuerdo un comentario que vi en Facebook:


Esta frase es un insulto a la propia inteligencia. Condensa la ignorancia, el fanatismo ciego y la justificación de una masacre sin sentido, olvidándose de lo básico: que asesinar civiles en masa es un crimen humanitario injustificable. Repito: Injustificable. Y ya pueden contarme larguísimos soliloquios justificándolo, como quien posee la verdad histórica absoluta, mientras tratan al resto de dummies, que nunca me convencerán de que asesinar impunemente hombres, mujeres y niños indefensos es necesario para lograr la paz.

De nada sirven mis esfuerzos por separar el judaísmo de los crímenes del ejército israelí. No, no odio a los judíos ni nada de eso, pero aun así, pese a que siempre hay que dejarlo claro, siempre habrá quien te acuse de ello. A los que justifican este genocidio es muy fácil identificarlos, porque las palabras "paz" y "terroristas" bailan en su boca. Van de tolerantes, desean abiertamente la paz para ambos pueblos pero en cuanto rascas un poco, se ponen a la defensiva, vuelve a despertar el monstruo genocida, el odio a Hamás y las justificaciones inverosímiles. Háblale de paz a un palestino al que le han matado a sus padres y a sus hermanos en un bombardeo.

Y claro, como están percibiendo el creciente rechazo internacional, incluso desde las propias víctimas judías del holocausto nazi, ahora están buscando una nueva y peligrosa justificación: todo lo musulmán, incluído Palestina, es el ejército islámico. Tiene sentido, ¿no? Occidente está aterrorizado por la propaganda de periodistas decapitados, ¿y qué hace Israel? Mostrarse como el necesario enclave de cordura en ese nido de víboras que es Oriente Medio. Lo pongo en cursivas para que se trate de entender la ironía, aunque desearía que no fueran necesarias a estas alturas del post.

El caso es hacernos odiar a Palestina: primero, porque les robaron (otra cursiva) los territorios asignados por Dios (otra más). Luego, se suponía que tenemos que odiarles porque eran Al-Qaeda. Que fijaos cómo dieron la vuelta al mundo las imágenes de palestinos quemando banderas americanas el 11-S. De eso sí que se aseguraron que lo viéramos (a diferencia de, por ejemplo, los vuelos de la CIA). Y ahora se supone que tenemos que odiarles porque ahí está el germen del ejército islámico, ¿no?


¿Pues sabéis qué? Que ya no cuela. No me creo nada de lo que veo en ciertos medios. La única realidad para mí es que en el bando palestino hay casi 2.200 muertos a día de hoy, y en el bando israelí, 77. Los que justifican el genocidio, tal vez para cumplir con el tradicional lavado de conciencia que de vez en cuando imponen las religiones, desean la paz, pero yo no deseo la paz. Tampoco deseo la guerra. Deseo justicia. Y frente a los crímenes contra la humanidad, esto implica unos pasos reconocidos por el Derecho Internacional Humanitario de las Naciones Unidas: el cese definitivo de los ataques, pedir perdón, el derecho de las víctimas a la restitución y comenzar un proceso de reconciliación.

La única explicación (que no justificación) de este genocidio es algo que me dijo un amigo colombiano hace meses: que la guerra es un negocio. ¿Y qué mejor negocio que invertir en armamento, usarlo contra la población civil, asignar la reconstrucción a empresas amigas y volver a empezar el ciclo? De paso, van ganando un poco de terreno y contentan así a los colonos a los que un día dieron una casa donde vivir en los terrenos conquistados y que, varias generaciones después, ya consideran esa su tierra. Así ha sido siempre.

Todo estos meses he querido escribir sobre esto, pero no fue hasta anoche que recibí el impulso necesario para hacerlo. Fue a raíz de asistir al preestreno de "Nacido en Gaza", un documental dirigido por Hernán Zin y con gente de renombre como Jon Sistiaga detrás, donde escuchamos la voz de varios niños que han sobrevivido (de aquella manera) a los bombardeos del ejército israelí del pasado verano. El documental es un homenaje a todas esas personas con nombres y apellidos que han muerto bajo las bombas de una guerra absurda que con toda seguridad hoy está volviendo a calentar motores.



(Fotos: Wikipedia)